domingo, 26 de mayo de 2013
DAFT PUNK
domingo, 19 de mayo de 2013
jueves, 16 de mayo de 2013
LA CAMISETA
Madrid, 12 de mayo, Puerta del Sol. Quince personas desconocidas hemos quedado para ver "Planeta Gómez Keminsky", una genial obra de teatro en un lugar secreto. Salgo de la estación de metro y me topo con una macromanifestación del 12M. Miles de personas reivindicativas y avalanchadas se concentran en la plaza. Son las ocho de la tarde pero un pleno Sol me deslumbra. Me dirijo casi a ciegas hacia el Oso y el Madroño. Allí es la cita de los invitados secretos y donde me espera mi novio. Zigzagueo como puedo entre la muchedumbre hasta llegar a la estatua. Busco sin éxito a mi chico cuando de repente se me acerca un viejo vestido de negro con cámara y trípode-bastón. El hombre me recuerda al viejo de Polstergeist. Me inspira cierta desconfianza y un poco de miedito. Con estilo perruno comienza a merodearme...
—¡Qué bonita camiseta llevas! ¿Es un Picasso? —me pregunta.
—No, es un Bershka —respondo tajante con la amabilidad y simpatía que me caracteriza.
Me pide como aturullado que le deje hacerme una foto. Acepto con la mala follá que también me caracteriza y dándome las gracias me da un papelito con una dirección web...
Plutón, 16 de mayo. Se han acabado las vacaciones y estoy en casa de colada. Vaciando los bolsillos de unos vaqueros encuentro el papelillo y me da por buscarme en esa página. Visto el resultado he llegado a una conclusión: con semejante caruflo, definitivamente mi carrera como modelo está acabada.
lunes, 6 de mayo de 2013
EL FLAUTISTA DE COÑOLÍN
Intenté esquivarlo pero se percató de que andaba por allí. Hizo una parada para respirar y se acercó para saludarme. Usó toda la parafernalia usual en él: me abrazó soltando un exultante "¡qué dices!", se encrespó el flequillo con los dedos y desplegó una sonrisa avasalladora, de una perfección casi ofensiva. Con eso bastó para engatusarme y que yo empezara a hablar de forma atolondrada, encasquillándome como una escopeta de plomos. Los demás hombres sin rostro iban pasando por detrás como zombies. Utilizaba una frecuencia onírica de macho alfa que lograba eclipsarlos. A su alrededor, empezaron a acumularse decenas de mujeres en celo que tentaban su paquete mientras me saludaba. Sí, era él, en un sueño más: El Flautista de Coñolín apareció en uno de los casi diez que tuve aquella noche.
'Rostro del Gran Masturbador' - Dalí (1929)
jueves, 25 de abril de 2013
jueves, 11 de abril de 2013
CERCANÍAS, LEJANÍAS
Quien bien me conoce sabe perfectamente que tengo un ligero déficit de atención. Cuando me hablan me elevo al limbo, cuando veo una peli filmo la mía propia y cuando leo un libro me invaden las musarañas. Sí, es todo muy complicado de comprender, lo sé, o a lo mejor es que también tenéis ese déficit...
Esta tarde tenía el coche jodido y necesitaba comprarme unos zapatos para una boda. Me fui en el Cercanías y sentado hacía que leía 'La Escafandra y la Mariposa'. Me lo regalaron hace años y en uno de mis viajes de carretera lo metí en el equipaje. No lo leí en esas vacaciones pero, en una parada para repostar, encontré pegada a las rejillas del radiador una mariposa muerta y pensé que qué mejor sitio para disecarla. Vi la película que se hizo del libro y me impactó sobremanera. Habla sobre un editor francés de la revista Elle que tuvo un accidente de coche a consecuencia de un ataque cerebrovascular que lo dejó en coma durante tres semanas. Al despertarse, mediante un código de pestañeos, dependiendo del número de éstos equivalían a letras, logró escribir un libro con la ayuda de su enfermera.
En cada parada, en cada página, alzaba la vista para merodear por entre los pasajeros del vagón: un deportista con tiras terapéuticas en las rodillas, como las que me plantó mi fisio en el cuello con forma de conejito de Playboy; una señora con gafas de sol que adivinaba sobada por la posición de su cabeza; una joven gafapasta que tejía con brío una bufanda multicolor y de la que me proclamé ultrafans... Saqué el móvil para hacerle un Instagram cuando una señora marroquí con la cabeza cubierta por un pañuelo, también multicolor, se dirigió a mí:
-Perdone señor, ¿le importaría cambiarse?, es que si voy de espaldas me mareo.
-Sí, cómo no.- le contesté esbozando una sonrisa de complicidad al cederle mi asiento. Estas cosas me hacen sentirme bien pues con mi supuesta amabilidad le hago entender a la señora morita que no soy racista. A este tipo de estupideces mentales me refiero con lo de las musarañas, que mi cerebro no para de rular...
-Ay, me estoy mareando necesito tomarme la pastilla. ¿No tendrá agua verdad?,- me decía la mujer quejosa.
-No, no tengo lo siento,- le dije pasando la página sin enterarme de lo que decía la anterior.
-Es que esta mañana no me he tomado la pastilla y tengo la tensión por los suelos. Es que necesito la pastilla, me estoy mareando mucho. Me duele este lado, sólo este lado de la cabeza. Es que tengo miedo de que me pueda dar un infarto cerebral...
Lancé el libro al asiento de enfrente saliendo la mariposa muerta disparada, me levanté y asustado grité a todo el vagón:
-¡¡¡Agua, agua!!! ¡¿Alguien tiene agua?!
Esta tarde tenía el coche jodido y necesitaba comprarme unos zapatos para una boda. Me fui en el Cercanías y sentado hacía que leía 'La Escafandra y la Mariposa'. Me lo regalaron hace años y en uno de mis viajes de carretera lo metí en el equipaje. No lo leí en esas vacaciones pero, en una parada para repostar, encontré pegada a las rejillas del radiador una mariposa muerta y pensé que qué mejor sitio para disecarla. Vi la película que se hizo del libro y me impactó sobremanera. Habla sobre un editor francés de la revista Elle que tuvo un accidente de coche a consecuencia de un ataque cerebrovascular que lo dejó en coma durante tres semanas. Al despertarse, mediante un código de pestañeos, dependiendo del número de éstos equivalían a letras, logró escribir un libro con la ayuda de su enfermera.
En cada parada, en cada página, alzaba la vista para merodear por entre los pasajeros del vagón: un deportista con tiras terapéuticas en las rodillas, como las que me plantó mi fisio en el cuello con forma de conejito de Playboy; una señora con gafas de sol que adivinaba sobada por la posición de su cabeza; una joven gafapasta que tejía con brío una bufanda multicolor y de la que me proclamé ultrafans... Saqué el móvil para hacerle un Instagram cuando una señora marroquí con la cabeza cubierta por un pañuelo, también multicolor, se dirigió a mí:
-Perdone señor, ¿le importaría cambiarse?, es que si voy de espaldas me mareo.
-Sí, cómo no.- le contesté esbozando una sonrisa de complicidad al cederle mi asiento. Estas cosas me hacen sentirme bien pues con mi supuesta amabilidad le hago entender a la señora morita que no soy racista. A este tipo de estupideces mentales me refiero con lo de las musarañas, que mi cerebro no para de rular...
-Ay, me estoy mareando necesito tomarme la pastilla. ¿No tendrá agua verdad?,- me decía la mujer quejosa.
-No, no tengo lo siento,- le dije pasando la página sin enterarme de lo que decía la anterior.
-Es que esta mañana no me he tomado la pastilla y tengo la tensión por los suelos. Es que necesito la pastilla, me estoy mareando mucho. Me duele este lado, sólo este lado de la cabeza. Es que tengo miedo de que me pueda dar un infarto cerebral...
Lancé el libro al asiento de enfrente saliendo la mariposa muerta disparada, me levanté y asustado grité a todo el vagón:
-¡¡¡Agua, agua!!! ¡¿Alguien tiene agua?!
sábado, 30 de marzo de 2013
MÁS AMOR
Huía hasta de mi sombra. Se repetían esos días en los que el hartazgo me consumía y la realidad me superaba. Cogí un mapa y con el dedo índice señalé un lugar donde hiciera calor en un ya insoportable frío y lluvioso Plutón. Buscaba un sitio donde existiera la nada más absoluta. Cuando llegué, me adentré con miedo en aquella nulidad y me senté sobre un peñasco. Toleré que un pleno Sol me achicharrara la sesera para que me inhabilitase la posibilidad de pensar. Cerré los ojos para ver qué pasaba. En los desiertos no se oye nada. Los desiertos suenan a eso: a desiertos. Miento. Se oía el zumbido del viento que movía la retama. Mientras tanto, en mi bolsillo, una maldita raya de cobertura se resistió a desaparecer y el sonido de un whatsapp quebrantó esa paz. Desde un móvil, a quinientos kilómetros de distancia, alguien me recriminaba que no le diese lo que otros con razón me habían exigido anteriormente, lo que quizá no sepa dar por culpa de esta hermética coraza oxidada que me oprime, que me mata de dolor y que cada día me pesa más.
domingo, 17 de marzo de 2013
EN MENTE
Merodeo por el Centro de Arte Contemporáneo y pienso que debería ponerme el auricular izquierdo en el derecho y el derecho en el izquierdo para oír la música más fuerte. Ir por la vida con auriculares es muy cómodo porque aunque me aísle parece que no vas solo y me creo que soy invisible. Si he venido solo esta mañana de museos es porque no puedo contar con nadie para verlos. Salgo del primero impresionado de tanta belleza postmoderna y tanteo la idea de hacerme el corte de pelo de lengüetazo de vaca... Camino y bordeo un monte en el centro de la ciudad donde nos hacíamos pajas colectivas a lo Krámpack cuando éramos adolescentes. Iba a subir para rememorar escenas pero de mayor me da miedo por si me roban mi nuevo smartphone. Con el móvil le hago fotos a todo: a las ramas, a las piedras, a los troncos, a los cuadros de los museos, a las lámparas de los museos y me creo que soy moderno y artista. Lo cuelgo en Instagram y la gente pulsa el corazoncito, así me siento un poco querido... Las cervicales me siguen doliendo y me producen vértigos que se parecen a los cuadros del segundo museo que visité esta mañana. Allí me dieron un folleto explicativo del arte indígena australiano y llego a la conclusión de que cada vez tardo más en leer, que tengo déficit de atención para comprender lo que leo; que mi novio sale en el Fotogramas el mes que viene y yo aún sin terminar el de marzo. Entre Limones, el libro con el que estoy desde hace más de tres meses, me está gustando por la vitalidad que transmite pero que tampoco me cuenta nada... Espero que el semáforo se ponga en verde mientras me pongo chorreando por la lluvia; esta puta lluvia que no cesa y que no deja que se acabe el invierno. Por esta época ya estaba el año pasado en la playa haciendo que leía libros y tumbado al Sol cerrando los ojos para ver el cielo de naranja... Mientras cruzo la avenida, me acuerdo de los amigos que me dejaron premeditadamente de lado y de los que yo dejé cruelmente de niño mediante cónclaves en los que manipulaba quién debiera salir expulsado de la pandilla. Echo mucho de menos a un amigo con el que veía pelis raras y a otro, porque me ponía mogollón. Era duro estar enamorado de tu enésimo mejor amigo y ver cómo le rondaban cientos de zorras cada vez que salíamos de fiesta como si tratase de El Flautista de Coñolín... Debería hacer ejercicios de socialización, yo que sé, un psicólogo o algo, que con la edad me estoy convirtiendo en un ogro que tiene gran éxito entre sus cientos de amigos del Facebook pero que prefiere viajar solo a acompañado y hacer lo que le venga en gana para poder meterse en museos modernos o charlas de galeristas transexuales a las que a mi gente les importa un mojón y que si los avisase para ir, confirmarían su teoría conspiranóica de lo bicho raro que soy... La timidez, esta maldita timidez que me está matando, que saca lo peor de mí y que con excusas autoprotectoras y miopías operadas hace diez años, no saludo a nadie porque me bloqueo y me siento lerdo en un estúpido traje de neopreno... Voy a sacar el paraguas estampado porque me niego a tener uno negro aunque sea un tío, y es que sinceramente prefiero los estampados de los de señora, mucho más divertidos, que bastante triste es ya la lluvia de por sí... Maldito viejo coche que está en la quinta puñeta; que ayer calculé si me convenía más venir en el Cercanías o en coche y me salía a cuenta hacerlo en lo segundo. Ya estoy montado, debería lavarlo o al menos limpiarlo por dentro, pero es que con esta lluvia… Me voy a mi cueva, a ponerme los cojones en la frente comiendo huevos rellenos y a echarme una siesta de dos horas. Después, cuando me levante, con el café que afortunadamente me tomaré ya que al día siguiente no madrugo, en pleno estado catatónico, catárquico y reparanóico, escribiré lo que me salga de seguido y con muchos suspensivos, que me apetece hoy porque sí.
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