domingo, 6 de abril de 2014

LA PRUEBA DEL PAÑUELO

   
   Veinticinco años juntos más cuatro de casados, así hacían ellos sus cuentas de pareja. No soy yo muy de aniversarios pero sólo por el tiempo que llevaban aguantándose queriéndose los tenía muy idealizados. Con un piso hipotecado en Vallecas y Lola, una peluda  y porculera perrita, vivían en definitiva un proyecto en común, un modelo de lo que yo quería ser, de lo que quería alcanzar a corto plazo. Digo corto porque mis canas no engañan y tengo el contador vital revolucionado con los casi cuarenta tacos que cargan mi osamenta, por eso, dudo que pueda superar alguna vez los casi treinta años de relación con alguien. En aquel hogar, domingo sí domingo no, el cocinero hacía de cocinado y el frutero nos agasajaba a é, a su sobrino y a mí con exóticos almuerzos desconocidos antes por mi vulgar paladar. No fallaba, siempre que daba el primer bocado me miraba de reojo para corroborar así el éxito de su alta cuisine vallecana. Ese día de postre había gachas y entre una cucharada y otra mi novio cuestionó a su tío político:

 — A ver tito, dime la verdad, porque yo esa historia que le habéis contado a la familia  de que tito Antonio y tú os conocisteis en el Teatro de la Zarzuela cuando a ti se te cayó un pañuelo desde el palco al patio de butacas y que él subió para dártelo no me la creo.

   Jose espurreó las gachas, miró a su marido y le respondió:

 —¡Ay niño! ¡Maricón tenías que ser! Pues mira, paqué te voy a mentir. Tu tío y yo nos conocimos en una sauna.