Un verano en una provincia costera puede ser divertido a no ser que a tus padres se le ocurra la genial idea de comprar una casita en el campo. Tras los montes que rodeaban a la capital, existía un pequeño núcleo de casas de autoconstrucción que en el futuro llegaría a ser ciudad-dormitorio. La casita en cuestión, con 1000 m2 de terreno para trabajarlo, estaba en lo más alto del monte, en el quinto pino, en la quinta puñeta, en el quinto coño. Allí, rodeado de gallinas, pollos, conejos y estiércol pasaría yo varios estíos hasta que me hice un hombre. Según mi padre, criado toda la vida en el campo y desde los nueve años cotizando en la Seguridad Social, hacerme un hombre consistiría en aprender varios oficios a la vez para saber de todo, esto es, cavar el huerto, plantar tomates, berenjenas y pimientos, limpiar gallinas, cerdos y matar pollos o conejos para paellas domingueras. Bienvenidos a mi primer verano en Plutón de la Torre: Ciudad de Ocupaciones.
Sólo un acontecimiento diario me atraía del campestre lugar. Cuando caía la noche, las vecinas de la zona, tras cenar y dejar a sus maridos viendo la tele pelotazo en mano, bajaban con sus sillas e improvisaban una tertulia en la puerta de Mercedes La Tendera, algo así como un “Sálvame“ doméstico a la fresca, pero mucho más jugoso y sin mariquita mala por moderador. Yo, por aquél entonces un acneico Arguifonte, bajaba también con mi silleta de la playa y me colocaba entre mi madre y mi hermana para asistir embobado a semejante despliegue de cotilleos… La intimidad del vecindario no asistente quedaba al descubierto: que si Pilar, la niña de Alfonso El Gasofa, se había echado un novio que trabajaba en El Corte Inglés y que seguro que la colocaba a ella; que si Paco El Follaviejas se había quedado otra vez parado; o cómo a Mariloli, la niña de Encarna, la que vende huevos casa por casa, la había pillado su marido en plena faena con Pepillo El Mecánico “desatascándole el motor“. Se meaban todas de risa al imaginársela, gordoncha ella, corriendo como las locas por el carril cuesta abajo... Las veladas estivales, amenizadas con cortes de vainilla y chocolate, pipas o un vasito de agua, dependiendo de la generosidad de Mercedes, acababan siempre a eso de las dos y era curioso cómo los altibajos del sonido de las charlas dependían de la jugosidad del cotilleo o la cercanía del vecino mentado. Un chisme ,que para casi todas pasó inadvertido, me llamó poderosamente la atención. Mientras las vecinas se tronchaban con lo de La Mariloli, pude oír cómo Rosa y Amaranta, las mozuelas del corrillo, cuchicheaban entre risillas nerviosas, algo acerca del alemán que había alquilado la casa de Romualdo.
Al día siguiente, tras cumplir mi jornada de trabajos forzados, decidí averiguarlo, motu propio. A la hora de la telenovela, mientras mi madre y mi hermana comprobaban in situ cómo Gabriela Suárez, La Dama de Rosa, se convertía en Emperatriz Guzmán para vengarse de Tito Clemente, cogí la Mobilette Cady de mi padre y puse rumbo al gran algibe de agua que suministraba a todo el poblado. Desde aquel otero podría divisar perfectamente a mí objetivo germánico. La odisea no fue fácil. El carril no estaba asfaltado y el terrizo hizo que se obturase la bujía con una china por lo que tuve que parar. Subsanado esto, adelanté unos metros pero, por culpa de la pronunciada cuesta, el motor no dio más de sí, por lo que media subida la hice a patita arrastrando la moto. Una vez arriba, la escondí detrás de una caseta y esperé sentado en un pedrusco. Mejor vista del chalé de Romualdo era imposible. La sombra de la montaña acechaba el jardín de atrás. Montada la guardia, saqué el paquete de Fortuna y dos cigarrillos bastaron para que alguien se manifestara allí abajo. A las 16.43, según mi Casio negro, salió por la puerta de atrás un hombre, de unos cuarenta años con una toalla anudada a la cintura. El inquilino germano era bien parecido por lo que desde arriba podía intuir. Sin dilación, se deshizo de la toalla arrojándola al césped y, exento de marcas ni telas en su blanco y fibroso cuerpo, bordeó de puntillas la piscina habiforme. Paró un segundo para tocar con un pie el agua y se subió al trampolín. Ya en el filo de la tabla, se dio un tirón del prepucio revelándome así el esplendor de su miembro. Dubitativo, comenzó a dar pequeños saltos cada vez mayores hasta alzar los brazos y lanzarse de cabeza. Ni qué decir que el salto fue limpio y magistral, como ruidoso y excitante fue mi aplauso desde allá arriba, donde Dios dio la última voz.
Sólo un acontecimiento diario me atraía del campestre lugar. Cuando caía la noche, las vecinas de la zona, tras cenar y dejar a sus maridos viendo la tele pelotazo en mano, bajaban con sus sillas e improvisaban una tertulia en la puerta de Mercedes La Tendera, algo así como un “Sálvame“ doméstico a la fresca, pero mucho más jugoso y sin mariquita mala por moderador. Yo, por aquél entonces un acneico Arguifonte, bajaba también con mi silleta de la playa y me colocaba entre mi madre y mi hermana para asistir embobado a semejante despliegue de cotilleos… La intimidad del vecindario no asistente quedaba al descubierto: que si Pilar, la niña de Alfonso El Gasofa, se había echado un novio que trabajaba en El Corte Inglés y que seguro que la colocaba a ella; que si Paco El Follaviejas se había quedado otra vez parado; o cómo a Mariloli, la niña de Encarna, la que vende huevos casa por casa, la había pillado su marido en plena faena con Pepillo El Mecánico “desatascándole el motor“. Se meaban todas de risa al imaginársela, gordoncha ella, corriendo como las locas por el carril cuesta abajo... Las veladas estivales, amenizadas con cortes de vainilla y chocolate, pipas o un vasito de agua, dependiendo de la generosidad de Mercedes, acababan siempre a eso de las dos y era curioso cómo los altibajos del sonido de las charlas dependían de la jugosidad del cotilleo o la cercanía del vecino mentado. Un chisme ,que para casi todas pasó inadvertido, me llamó poderosamente la atención. Mientras las vecinas se tronchaban con lo de La Mariloli, pude oír cómo Rosa y Amaranta, las mozuelas del corrillo, cuchicheaban entre risillas nerviosas, algo acerca del alemán que había alquilado la casa de Romualdo.
Al día siguiente, tras cumplir mi jornada de trabajos forzados, decidí averiguarlo, motu propio. A la hora de la telenovela, mientras mi madre y mi hermana comprobaban in situ cómo Gabriela Suárez, La Dama de Rosa, se convertía en Emperatriz Guzmán para vengarse de Tito Clemente, cogí la Mobilette Cady de mi padre y puse rumbo al gran algibe de agua que suministraba a todo el poblado. Desde aquel otero podría divisar perfectamente a mí objetivo germánico. La odisea no fue fácil. El carril no estaba asfaltado y el terrizo hizo que se obturase la bujía con una china por lo que tuve que parar. Subsanado esto, adelanté unos metros pero, por culpa de la pronunciada cuesta, el motor no dio más de sí, por lo que media subida la hice a patita arrastrando la moto. Una vez arriba, la escondí detrás de una caseta y esperé sentado en un pedrusco. Mejor vista del chalé de Romualdo era imposible. La sombra de la montaña acechaba el jardín de atrás. Montada la guardia, saqué el paquete de Fortuna y dos cigarrillos bastaron para que alguien se manifestara allí abajo. A las 16.43, según mi Casio negro, salió por la puerta de atrás un hombre, de unos cuarenta años con una toalla anudada a la cintura. El inquilino germano era bien parecido por lo que desde arriba podía intuir. Sin dilación, se deshizo de la toalla arrojándola al césped y, exento de marcas ni telas en su blanco y fibroso cuerpo, bordeó de puntillas la piscina habiforme. Paró un segundo para tocar con un pie el agua y se subió al trampolín. Ya en el filo de la tabla, se dio un tirón del prepucio revelándome así el esplendor de su miembro. Dubitativo, comenzó a dar pequeños saltos cada vez mayores hasta alzar los brazos y lanzarse de cabeza. Ni qué decir que el salto fue limpio y magistral, como ruidoso y excitante fue mi aplauso desde allá arriba, donde Dios dio la última voz.














