lunes, 14 de marzo de 2016

SEXY BOY

   
   
   Hay noches en las que salgo a la calle tó guapo y maqueao con esos gayumbos de la suerte que siempre algún maromo me acaba arrancando a bocaos. Noches en las que hago una entrada estelar bajando las escaleras de la discoteca a lo Mayra Gómez Kemp con el ego por las nubes y presiento que la cola del guardarropa se ha girado asombrada y babeante. Noches que tras cuatro horas de chunda chunda y seis gin tonics en el cuerpo no se me ha acercado ni un puto ser humano ni para decirme un "ahí te pudras mariconazo". Sí, hay noches, esas noches como la de anoche...


sábado, 12 de marzo de 2016

VERANO DEL 88

    
   En el verano del ochenta y ocho yo ya tenía pelos en los sobacos, en los huevos y unos extraños botones que me reventaban las tetas. Óscar también. Así nos lo confesamos en las duchas de una colonia que organizaba la parroquia del barrio todos los veranos en la costa este. Bajo el chorro de agua nos bajamos el bañador y nos enseñamos el bigote de nuestras pililas. A pesar de estar en pleno desarrollo yo, no tenía sexualidad alguna y sólo me llamó la atención que la cuca de Óscar era más chica que la mía. Yo por aquel entonces era macho alfa y gritaba a los cuatro vientos que estaba enamorado de la hermana de mi más mejor amigo, que también estaba en la colonia, a la que por San Valentín regalé una Giovanna con una notita que entre otras lindezas rezaba esto: " ...y un tío que es amigo, te quiere pedir que si quieres salir conmigo...” Elena le pidió permiso a su madre para ser mi novia, ella le dijo que no y frustraron mi historia de amor.
   En aquel edificio, un seminario de curas prestado por el Obispado, dormía con mi más mejor amigo y con mi segundo más mejor amigo de aquel año en una habitación contigua a la de los monitores. Además de muro, compartíamos puerta. Yo era un inexperto alobado de la vida pero muy bicho y aprovechaba por las noches cuando mis compañeros se quedaban sobados para espiar por el ojo de la cerradura. El edificio era muy antiguo y los ojos de cerraduras de aquellas puertas eran enormes. Una noche le vi el pito a uno de los monitores cuando salía de la ducha. Eso ya era otra cosa, no lo de Óscar y sí me dio más impresión. Otra madrugada vi cómo entró una monitora y tras besarse un ratillo con otro monitor, éste le metió su cosita a un ritmo uniformemente acelerado, cada vez más endiablado. No sabía qué estaba pasando pero a ella parecía gustarle por lo que no pedí auxilio. Esa noche apenas dormí y las pocas horas que lo hice tuve pesadillas con aquel meneo de Satanás.
   Durante aquellos diez días de convivencia, después del almuerzo, nos obligaban a refugiarnos en las penumbra de nuestros aposentos para dormir la siesta, a lo Escarlata O´hara antes de un baile. Mis dos mejores amigos cumplían a rajatabla este asueto pero yo me aburría y al segundo día me escapaba todas las tardes al otro ala del complejo, donde estaban las chicas. Acababa siempre refugiándome en la habitación que Elena compartía con sus dos más mejores amigas: Julita y Almu. Con una silla apontocada en el pestillo, compartíamos chismes y risas. Las chicas eran mucho más divertidas que los chicos dónde va a parar y el miedo a ser pillados nos daba vidilla. No podíamos hacer mucho ruido porque la ventana daba a un patio interior y justo enfrente teníamos la habitación del Julia, la madre de Julita, la segunda mejor amiga de Elena. Julia era catequista y principal promotora de aquellas actividades donde el amor a Dios y al prójimo era todo uno. Ella era muy profesional y aquella hermandad se la tomaba al pie de la letra. Una tarde, en un silencio sólo quebrantado por las chicharras a esa hora, oímos los cuatro un traqueteo procedente de aquella habitación. Pegué un bote de la cama de Elena, descorrí un poco el visillo y me dio tiempo a ver cómo don Juan, el cura de la parroquia, corría rápidamente los de la ventana de Julia. “No se ve nada”, les dije a las niñas. Me callé aquello para siempre, como una zorra. A los nueve meses, Julita tuvo un hermanito. Juanito le llamaron...




lunes, 7 de marzo de 2016

BENIYORK



   Benidorm mola. Nuestro Manhattan patrio es feo, hortera y mastondóntico pero tiene su puntito. La palabra exacta sería "trashy" como me definieron una vez unos guiris a Torremolinos. Esta ciudad está hecha por y para el ocio. Ocio para mayores, el más merecido no obstante. Da gusto ver cómo se reúnen en el paseo decenas de viejos para tomar el Sol o cantando en la playa a viva voz, cancionero en mano, 'La bella Aurora' o el 'Volver, volver' ,entre otras, sin tener la más mínima vergüenza por desafinar; o grupos de señoras recién conocidas en el hotel que revoltillean souvenirs y compiten entre ellas por ser la más graciosa; o esposas que desuellan por ligera delante de sus maridos a la solterona que repite por tercera vez el mismo viaje del Imserso. Admitamos que criticar al prójimo siempre ha sido un pasatiempo entretenido. Y sí, he tenido otro amor instantáneo al pasar delante de un muchacho extranjero, guapísimo y sin piernas que iba en silla de ruedas. Amor correspondido porque al girar la cabeza me ha devuelto la mirada.

    Yo también iba sobre ruedas. Me he pasado toda la mañana patinando recorriéndome en camiseta este paseo marítimo con música en los cascos. Patinar me libera, tanto como escribir y el sexo. Ni un batido de Orfidal conseguiría el efecto relajante que estas tres cosas me producen y durante unas horas me he olvidado de lo que me trajo hasta aquí: el jodido estrés de Madrid, ciudad que sé que está hecha para mí, pero que aún no sé si yo para ella. Cada vez más, eso sí, poco a poco. Madrid es como una droga que sabiendo que es mala te engancha. Ya me he acostumbrado a la hostilidad del tiempo y de algunas de sus gentes así como a su frenético ritmo de trabajo donde, como una vez leí, comes mierda para cagar oro, pero echo en falta algo que mi tierra me daba en cantidades industriales: reírme más.

    Patinar, escribir, follar y reír. De estos cuatro deseos, en Benidorm ya he cumplido tres.



lunes, 29 de febrero de 2016

LA IMPORTANCIA DE LLAMARME ERNESTO


    Me llamo Antonio José pero todo el mundo me conoce como Ernesto. No, no soy testigo protegido y sí, soy así de chulo. Hasta los diez años fui Antonio José para mis titos, mis primos, mis hermanos, mis padres y mis escasos amigos, o amigas para qué negarlo, porque siempre fui más de amigas que de amigos dato por otra parte bastante revelador porque señoras madres que me leen, no se equivoquen: si su hijo tiene más amigas que amigos no significa ni mucho menos que sea un macho alfa que viene a ser lo mismo que pensar que si su hijo decide vestirse de marinerito para hacer la comunión es porque tiene pretensiones en el futuro de defender la patria. Bueno que me lío. Hasta los diez años era feliz llamándome Antonio aunque de vez en cuando algún gilipollas me cantara lo de “Antoñito, huevo frito, tortilla de bacalao, que tu novia no te quiere porque estás medio chalao…” Feliz llamándome así hasta que en 4º de EGB vino un niño nuevo a clase que también se llamaba Antonio, más feo y dentúo que yo por supuesto, y hubo que decidir. La señorita Feli me preguntó que cómo me quería llamar y podría haber dicho Bruno, el ricitos de la serie 'Fama' del que estaba perdidamente enamorado; o Toni como Toni Cantó presentador de moda en aquella época del que también estaba perdidamente enamorado. Sí, a los diez años estaba perdidamente enamorado de Bruno, de Toni y de una Madonna ochentera emergente, para compensar. Me decanté finalmente por el nombre de Ernesto. Recordé en ese momento lo que me habían contado mis padres desde chiquitillo y ya había leído que era importante llamarse así. Imagináos lo que esta importancia suponía para alimentar mi ego. Cuando nací, me inscribieron en el Registro como Antonio José pero en el bautizo apunto estuve de perecer ahogado en la pila bajo el aristocrático nombre de Antonio José Ernesto porque un médico que se llamaba así curó de la vista a mi padre. Este dato sólo aparece en los papeles de la Iglesia y como tengo claras intenciones de apostatar, no sé si algún santo día veré mi nombre completo escrito sobre blanco pues ni en el DNI ni en ninguna otra oficialidad existo como tal. Llegados a este punto después de “tal":

   ¿Sabéis el puto coñazo que ha significado contar esta historia durante los siguientes treinta años de mi vida para explicar por qué cojones me llamo Ernesto?...

sábado, 27 de febrero de 2016

CINECENA


    No os he contado que me he quitado el luto y he quedado con un señor para un cinecena. Digo señor porque tenía el sujeto en cuestión cuarenta y dos tacos aparentando cuarenta y seis y claro, uno que todavía merodea a duras penas la treintena pues como que cualquier cosa con patas con cuatro décadas es para mí ya un señor, caballero, galán, hidalgo o cualquier sinónimo que se le pueda poner a alguien con cuarenta y dos points. Lo sé, estoy siendo cruel y quizá sé me pudiera tachar de gerontófobo pero confieso que le estoy cogiendo un pavor que te cagas a eso de plantarle un cuatro a mi edad.

   Sigo. El ingeniero, sí, era ingeniero con piso propio que uno ya tiene altura de miras, me dijo de quedar a las 16:50 en la parada de metro de al lado de casa. A mí esa exactitud matemática para citarnos ya me tocaba un poco las pelotas para qué os voy a engañar y estaba un poco de cojones cuando llegué. Allí me encontré con un calvo feo gordo sentado en un banco bebiendo un Monster verde que me miró fijamente… "Hijo puta me la ha metido doblada con la foto" farfullé. Me hice la sueca y me di media vuelta cagándome en su puñetera madre cuando me topé de frente con el verdadero R., el señor mayor con el que quedé este domingo pasado.

   Quedar con alguien por primera vez es un puto coñazo. Quedar con alguien por primera vez es volver a poner el play para contar tu vida oooooooootra vez y si a eso le añadimos que aquí en Madrid soy andaluz, pues de vez en cuando una extraña fuerza me obliga a soltar alguna que otra gracieta para que no se percaten de la mala follá granaína que llevo implícita en mi ADN y a mí todo eso me estresa mucho.

    La película al caballero no le gustó: que si la sala era muy pequeña, que si estábamos muy lejos de la pantalla, que si los cines Palafox eran mil veces mejor que los Renoir... He de admitir que le metí casi a la fuerza en una sala VOSE y es que uno, a pesar de ser panadero y no tener estudios acabados, va por la vida de intelectuala yendo a museos raros, a presentaciones de libros, a teatros indies y a cines en VOSE tragándome todas las letras finales y luego pasa lo que pasa, que descoloco mucho al personal. R. no me convencía mucho aunque debajo de aquel plumas hortero amarillo del C&A prometía buenas hechuras e incluso gastaba un buen culete pero era su cara lo que me desconcertaba. No es que R. fuera feo, que no lo era, es más, de más joven tuvo que ser un chorvo, pero cuando le hablaba de frente me aterraba la idea de que en dos años yo pudiera tener esa ristra de arrugas plantada en mi caruflo y eso la verdad que me desestabilizaba tela...

    Me ahorraré el tramo de la soporífera cena a las 20:17 por vuestro bien. Cuando salimos del Friday´s después de hincarnos media costilla Jack Daniel´s hablando solamente yo como un puto loro con la boca llena, nos subimos en el metro y a la salida en el mismo punto de encuentro nos despedimos con dos besos corteses. "Qué chasco.." pensé de retirada a casa mientras falso de mí le escribía un whatsapp:

"Illo, me has caído tó bien :)"

"Tú también neno, has sido una grata sorpresa... :)", me contesta el ioputa.

"Grata sorpresa. Grata sorpresa. Grata sorpresa...." retumbaba en mi cabeza subiendo en el ascensor. ¿Grata sorpresa? ¿Qué soy ahora? ¿Un huevo Kinder?...


lunes, 15 de febrero de 2016

EVA

   Mi primer amor se llamó Eva, como la primera mujer. Eva y yo íbamos a la misma guardería y con tres años nos dábamos besos babosos debajo de la banca e incluso una vez le toqué su no teta. No se me olvidará nunca aquella rara sensación húmeda al rozar sus labios con los míos. Eva y yo nos gustábamos mucho y pasábamos el día juntos rodeados de mocos, plastilinas, ceras y cartillas Palau. Un día, nuestro amor se truncó y se fue a la mierda: literalmente. La señorita Pilar estaba limándose las uñas y en un alzar la vista nos pilló dándonos un pico. Descruzó las piernas, soltó la lima y se fue para nosotros con una regla atizándonos varias veces en la palma de la mano. No contenta con esta humillación, nos mandó a cada uno a una punta de la clase mirando contra la pared. A Eva desde la otra esquina podía oírla llorar desconsolada y yo, queriendo preservar mi hombría, quise aguantar el tipo pero me puse muy nervioso y me hice caca encima. La señorita Pilar zanjó aquel esperpento llamando a casa para que me limpiara mi puñetera madre.

   Desde aquel día Eva y yo nunca volvimos a ser novios. La mami de ella, una viciosa fija del Bingo París según la mía, fue informada de nuestro affaire y le prohibió tener contacto alguno conmigo. En el aula yo pasé a ser invisible para ella y enfuruñado la veía cómo se juntaba con otros niños para hacer figuritas de plastilina, especialmente con Dieguito. No entendía ese pasotismo ni que me hiciese vacío aunque por ese entonces ni siquiera entendiera estos conceptos. Un día mi amor por ella mutó en odio y me vengué. Raulito cumplía años y repartió a toda la clase caramelos Sugus. Cogí cuatro y me los metí del tirón en la boca. Le cantamos el "Cumpleaños Feliz" y aplaudimos. Aproveché el follón para ponerme detrás de ella pegarle los caramelos ya hechos bola de chicle en su pelo rubio, su precioso y largo pelo rubio.

   Eva al día siguiente vino a la guarde con el pelo corto a lo garçon. Al verla aparecer, no pude evitar volver a enamorarme...

miércoles, 6 de enero de 2016

CAFÉ, LECHE Y HABAS

  
   Me lié la manta y todavía legañoso me senté en el sofá. Le di un sorbo al café y al primer bocado el mundo contuvo la respiración, la Tierra dejó de rotar y una lágrima cayó de mi mejilla "descarchando" la naranja del roscón: me había tocado el haba.

martes, 22 de diciembre de 2015

MISA DE DOCE


   Eran las doce y cinco de la mañana cuando dejaron de sonar las campanas de la iglesia. Se aseguraba así que todo el pueblo estuviera metido en misa viendo una representación viviente del nacimiento del niño Dios y que no hubiera ni un Cristo en la calle. Ocurrió a las doce y siete de aquel último domingo de otoño. Dos minutos le bastaron a Venancio para coger su bicicleta, cruzar la plaza Mayor, entrar por la calle Larga hasta meterse por la puerta falsa de la casa de Merceditas la Polletona, la chati con la que había quedado por el Tinder.