sábado, 12 de marzo de 2016

VERANO DEL 88

    
   En el verano del ochenta y ocho yo ya tenía pelos en los sobacos, en los huevos y unos extraños botones que me reventaban las tetas. Óscar también. Así nos lo confesamos en las duchas de una colonia que organizaba la parroquia del barrio todos los veranos en la costa este. Bajo el chorro de agua nos bajamos el bañador y nos enseñamos el bigote de nuestras pililas. A pesar de estar en pleno desarrollo yo, no tenía sexualidad alguna y sólo me llamó la atención que la cuca de Óscar era más chica que la mía. Yo por aquel entonces era macho alfa y gritaba a los cuatro vientos que estaba enamorado de la hermana de mi más mejor amigo, que también estaba en la colonia, a la que por San Valentín regalé una Giovanna con una notita que entre otras lindezas rezaba esto: " ...y un tío que es amigo, te quiere pedir que si quieres salir conmigo...” Elena le pidió permiso a su madre para ser mi novia, ella le dijo que no y frustraron mi historia de amor.
   En aquel edificio, un seminario de curas prestado por el Obispado, dormía con mi más mejor amigo y con mi segundo más mejor amigo de aquel año en una habitación contigua a la de los monitores. Además de muro, compartíamos puerta. Yo era un inexperto alobado de la vida pero muy bicho y aprovechaba por las noches cuando mis compañeros se quedaban sobados para espiar por el ojo de la cerradura. El edificio era muy antiguo y los ojos de cerraduras de aquellas puertas eran enormes. Una noche le vi el pito a uno de los monitores cuando salía de la ducha. Eso ya era otra cosa, no lo de Óscar y sí me dio más impresión. Otra madrugada vi cómo entró una monitora y tras besarse un ratillo con otro monitor, éste le metió su cosita a un ritmo uniformemente acelerado, cada vez más endiablado. No sabía qué estaba pasando pero a ella parecía gustarle por lo que no pedí auxilio. Esa noche apenas dormí y las pocas horas que lo hice tuve pesadillas con aquel meneo de Satanás.
   Durante aquellos diez días de convivencia, después del almuerzo, nos obligaban a refugiarnos en las penumbra de nuestros aposentos para dormir la siesta, a lo Escarlata O´hara antes de un baile. Mis dos mejores amigos cumplían a rajatabla este asueto pero yo me aburría y al segundo día me escapaba todas las tardes al otro ala del complejo, donde estaban las chicas. Acababa siempre refugiándome en la habitación que Elena compartía con sus dos más mejores amigas: Julita y Almu. Con una silla apontocada en el pestillo, compartíamos chismes y risas. Las chicas eran mucho más divertidas que los chicos dónde va a parar y el miedo a ser pillados nos daba vidilla. No podíamos hacer mucho ruido porque la ventana daba a un patio interior y justo enfrente teníamos la habitación del Julia, la madre de Julita, la segunda mejor amiga de Elena. Julia era catequista y principal promotora de aquellas actividades donde el amor a Dios y al prójimo era todo uno. Ella era muy profesional y aquella hermandad se la tomaba al pie de la letra. Una tarde, en un silencio sólo quebrantado por las chicharras a esa hora, oímos los cuatro un traqueteo procedente de aquella habitación. Pegué un bote de la cama de Elena, descorrí un poco el visillo y me dio tiempo a ver cómo don Juan, el cura de la parroquia, corría rápidamente los de la ventana de Julia. “No se ve nada”, les dije a las niñas. Me callé aquello para siempre, como una zorra. A los nueve meses, Julita tuvo un hermanito. Juanito le llamaron...




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