lunes, 29 de febrero de 2016

LA IMPORTANCIA DE LLAMARME ERNESTO


    Me llamo Antonio José pero todo el mundo me conoce como Ernesto. No, no soy testigo protegido y sí, soy así de chulo. Hasta los diez años fui Antonio José para mis titos, mis primos, mis hermanos, mis padres y mis escasos amigos, o amigas para qué negarlo, porque siempre fui más de amigas que de amigos dato por otra parte bastante revelador porque señoras madres que me leen, no se equivoquen: si su hijo tiene más amigas que amigos no significa ni mucho menos que sea un macho alfa que viene a ser lo mismo que pensar que si su hijo decide vestirse de marinerito para hacer la comunión es porque tiene pretensiones en el futuro de defender la patria. Bueno que me lío. Hasta los diez años era feliz llamándome Antonio aunque de vez en cuando algún gilipollas me cantara lo de “Antoñito, huevo frito, tortilla de bacalao, que tu novia no te quiere porque estás medio chalao…” Feliz llamándome así hasta que en 4º de EGB vino un niño nuevo a clase que también se llamaba Antonio, más feo y dentúo que yo por supuesto, y hubo que decidir. La señorita Feli me preguntó que cómo me quería llamar y podría haber dicho Bruno, el ricitos de la serie 'Fama' del que estaba perdidamente enamorado; o Toni como Toni Cantó presentador de moda en aquella época del que también estaba perdidamente enamorado. Sí, a los diez años estaba perdidamente enamorado de Bruno, de Toni y de una Madonna ochentera emergente, para compensar. Me decanté finalmente por el nombre de Ernesto. Recordé en ese momento lo que me habían contado mis padres desde chiquitillo y ya había leído que era importante llamarse así. Imagináos lo que esta importancia suponía para alimentar mi ego. Cuando nací, me inscribieron en el Registro como Antonio José pero en el bautizo apunto estuve de perecer ahogado en la pila bajo el aristocrático nombre de Antonio José Ernesto porque un médico que se llamaba así curó de la vista a mi padre. Este dato sólo aparece en los papeles de la Iglesia y como tengo claras intenciones de apostatar, no sé si algún santo día veré mi nombre completo escrito sobre blanco pues ni en el DNI ni en ninguna otra oficialidad existo como tal. Llegados a este punto después de “tal":

   ¿Sabéis el puto coñazo que ha significado contar esta historia durante los siguientes treinta años de mi vida para explicar por qué cojones me llamo Ernesto?...

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