Fue salir de la piscina, abrir la puerta del vestuario y escapárseme un ¡CÓOOÑÓ!. Sí, este "CÓOOÑÓ" no es una errata, este coño fue con dos acentos y en mayúscula. Al fondo, una bestia se secaba ante la estupefacción de los ocupantes de los platos de ducha. En aquel humedal de sudor y cloro en repentino estado de patidifusión, los pasivos dilataban, los activos ereccionaban y los heteros claudicaban ante el monstruoso pollón del sujeto. El trípedo animal, proclamado por unanimidad monarca de la especie, se pavoneaba ante sus súbditos dándose contínuos pirindolazos con la toalla. El que suscribe, tras un segundo boquiabierto y paralizado de la impresión, se refugió en las taquillas de aquella recién instaurada falocracia. Acojonado ante la incomensurabilidad del aparato, no se atrevía a quitarse su bañador. Nunca antes recibió quejas de los de su raza, pero sospechaba que la situación podría ser más que delatora. Sin dejar de mirar al espejo que reflejaba estratégicamente a su rey, se bajó temeroso el Speedo. Las comparaciones suelen ser odiosas pero en este caso fueron catastróficas. El pene, por obra y gracia de unos cuarenta largos de crol, cambió de denominación: se había convertido en una pequeña cuca, minúscula y chuchurría. Intentó disimular su inesperada tara estirando el pellejo. No hubo éxito; como si de un caracol se tratase, cuanto más estiraba, más se engurruñía el mandao. Tres tirones le bastaron para rendirse a la evidencia. Cual chulo-piscinas, metió barriga y como si dos alacranes se hubiesen instalado en sus sobacos, se dirigió con andar zambo-macho hacia el plato que quedaba libre. Eso sí, sin dejar de ocultar con la toalla su ya inexistente picha.
El síndrome de Stendhal (también denominado Síndrome de Florencia) es una enfermedad psicosomática que causa un elevado ritmo cardíaco, vértigo, cOnfUsiÓn e incluso alucinaciones cuando el individuo es expuesto a una sobredosis de belleza artística, pinturas y obras maestras del arte.
Quitó el silenciador y rotó la mazorca para asegurarse de que no quedaran balas. Extrajo el cilindro y con un cepillo de dientes mojado en disolvente eliminó los residuos de pólvora. Ayudado con una varilla impregnada en aceite limpió el cañón. Acabó el ritual repasando con un trapo de algodón el armazón. Tras montarla de nuevo, sin dudar, la escondió detrás de la columna del lavabo, encima de donde guardaba el estropajo con el que limpiaba el baño.
La ola de calor africano rugía con fuerza a las cuatro de la tarde de aquel julio en la urbanización. Los rayos de Sol horadaban a sus anchas la persiana del dormitorio. Se acercó al balcón, fijó su frente al caliente plástico y descendió su ojo hasta dar con el rectángulo perfecto. Desde aquel luminoso objetivo contempló con satisfacción su hazaña: En una piscina teñida de rojo, flotaban dos cuerpos que minutos antes hacían saltos bomba. En el césped, junto a unas toallas y chanclas manchadas de sangre, una pequeña radio-cd escupía la última canción del disco de Lady Gaga. Poco antes, con Disco Heaven, cuatro niñas rubias de unos seis o siete años, fiambres ahora como los hombres bomba, coreografiaban a su diva ajenas a que aquel sería su último baile. La calma total era inminente y parecía que el tiempo se hubiese detenido en aquel conjunto residencial. Arguifonte, orgulloso de su provocada quietud, se sentó sobre la cama, abrió el cajón de su mesita y se colocó unos tapones en los oídos. Inocente él, presintió que ya podría echar una muy cálida, aunque placentera siesta.
Ramón, bilbaíno, 25 points, posee dos magníficos gatos tumbaos encima de los ojos. Dueño de un flequillazo imitado hasta la saciedad por las mariquitas más modernas, Jon Kortajarena, su nombre artístico, es nuestro Top Model más internacional (con permiso de Velencoso). En 2005 nos descubrió, melena al viento, la fórmula joven de El Corte Inglés y desde entonces su casi insultante rostro de rasgos perfectos ha sido explotado por los más grandes modistillos: Gaultier, Versace, Guess, Cavalli, Armani, D&G... hasta que llegó Tom Ford, lo secuestró y lo convirtió en el muso de sus últimas campañas. Tom transformó a su querubín en un chapero en “A Single Man”, magnífica película sólo estropeada por los quince minutos en los que sale Jon. La mismísima Madonna, tan gran actriz como Jon, no pensó lo mismo y, ávida de carne joven, quiso echarle el lazo tras ver la peli. No aceptó. Jon siguió prefiriendo a Tom y la vieja no le perdonó. Aquí abajo, los mortales del montón, te perdonamos la actuación a cambio de que, calladito, sólo poses para nosotros.
Brad, actor oklahomanés de 47 años, empezó en esto del faranduleo disfrazado de pollo para una cadena de fast food. Ya en 1991, con sus quince minutos en Thelma & Louise dejó a las salas noqueadas al atracarnos con un secador en mano tras echar un polvazo con la Davis. Alcanzó la gloria como vampiro y nos dejó con un sie7e en el corazón al descubrirnos la cabeza de la Paltrow. A esta pava le siguió otra, Jennifer, hasta dar con una gacela en celo permanente; uno de los animales más bellos del mundo: Angelina. Comprometidos los dos con todas las causas, incluida la de mantener la perpetuidad de la especie, llegaron a afirmar que no se casarían hasta que en los USA se aprobase el matrimonio homosexual. Brad, que lo mismo te hace de gitano que de policía o te coge un arma (secador de pelo según el caso), que te llora como un niño chico, tiene varios títulos olvidables como la almibarada Leyendas de Pasión o la infumable ¿Conoces a Joe Black?, cuya participación en esta última debió acabarse cuando, merecidamente, lo atropellaban en la primera escena. Brad, con un estilo imitado hasta la saciedad, fue nominado al tito Oscar haciendo del más mono de los doce. De los que más de mis doce.