Hubo un Brad antes del actual: Brad Davis. Nacido en Florida, llegó a ganar con 17 años un concurso de talentos musicales. Estremecedor en su papel de prisionero en Turquía en El Expreso de Medianoche y palpitante adonis asesino en Querelle. Tatuado este último en la memoria más turbada de muchos, se inspiró en él Gaultier para sus perfumes Le Male. Brad, muerto a los 41 años, triunfó también en teatros allá por 1985 con "The Normal Heart", drama sobre el SIDA, bicho que se lo llevaría por delante en 1991.viernes, 19 de febrero de 2010
Brad I, le Male
Hubo un Brad antes del actual: Brad Davis. Nacido en Florida, llegó a ganar con 17 años un concurso de talentos musicales. Estremecedor en su papel de prisionero en Turquía en El Expreso de Medianoche y palpitante adonis asesino en Querelle. Tatuado este último en la memoria más turbada de muchos, se inspiró en él Gaultier para sus perfumes Le Male. Brad, muerto a los 41 años, triunfó también en teatros allá por 1985 con "The Normal Heart", drama sobre el SIDA, bicho que se lo llevaría por delante en 1991.domingo, 14 de febrero de 2010
Espejos
Pinza
en mano la señora
se cuida las cejas. El chófer
desenfrenado la observa en el
espejo. La señora no ceja. El chófer frena
bruscamente. Pinza en mano la
señora sin espejo siente que
su ojo la mira desde la
cuneta.
Jorge Montealegre
Santiago, Chile (1954)
Santiago, Chile (1954)
sábado, 6 de febrero de 2010
La piscina
Un verano en una provincia costera puede ser divertido a no ser que a tus padres se le ocurra la genial idea de comprar una casita en el campo. Tras los montes que rodeaban a la capital, existía un pequeño núcleo de casas de autoconstrucción que en el futuro llegaría a ser ciudad-dormitorio. La choza, con 1000 m2 de terreno para trabajarlo, estaba en lo más alto, en el quinto pino, en la quinta puñeta, en el quinto coño. Allí, rodeado de gallinas, pollos, conejos y estiércol pasaría yo varios estíos hasta que me hice un hombre. Según mi padre, criado en el campo y desde los nueve años cotizando en la Seguridad Social, hacerme un hombre consistiría en aprender varios oficios a la vez para saber de todo. Tareas como cavar el huerto; plantar tomates, berenjenas y pimientos; limpiar gallinas o cerdos y matar pollos o conejos para paellas domingueras eran combinadas con las del Vacaciones Santillana. Bienvenidos a mi primer verano en Plutón de la Torre: Ciudad de Ocupaciones.
Cuando caían la noches, un fascinante acontecimiento se producía en el campestre lugar. Las vecinas de la zona, tras cenar y dejar a sus maridos viendo la tele pelotazo en mano, bajaban con sus sillas e improvisaban una tertulia en la puerta de Mercedes La Tendera, algo así como un “Sálvame“ doméstico a la fresca, pero mucho más jugoso y sin mariquita mala por moderador. Yo, por aquel entonces un acneico Arguifonte, bajaba también con mi silleta de la playa y me colocaba entre mi madre y mi hermana para asistir embobado a semejante despliegue de cotilleos… La intimidad del vecindario no asistente quedaba al descubierto... que si Pilar, la niña de Alfonso "El Gasofa", se había echado un novio que trabajaba en El Corte Inglés y que seguro que la colocaba a ella; que si Paco "El Follaviejas" se había quedado otra vez parado; o cómo a Mariloli, la niña de Encarna, la que vende huevos casa por casa, la había pillado su marido en plena faena con Pepillo El Mecánico “desatascándole el motor“. Se meaban todas de risa al imaginársela, gordoncha ella, corriendo como las locas por el carril cuesta abajo... Las veladas estivales, amenizadas con cortes de vainilla y chocolate, pipas o un vasito de agua, dependiendo de la generosidad de Mercedes, acababan siempre a eso de las dos y era curioso cómo los altibajos del sonido de las charlas dependían de la jugosidad del cotilleo o la cercanía del vecino mentado. Uno de los chismes, que para casi todas pasó inadvertido, me llamó poderosamente la atención. Mientras las vecinas se tronchaban con lo de La Mariloli, pude oír cómo Rosa y Amaranta, las mozuelas del corrillo, cuchicheaban entre risillas nerviosas, algo acerca del alemán que había alquilado la casa de Romualdo...
Al día siguiente, tras cumplir mi jornada de trabajos forzados, decidí averiguarlo, motu propio. A la hora de la telenovela, mientras mi madre y mi hermana comprobaban in situ cómo Gabriela Suárez, La Dama de Rosa, se convertía en Emperatriz Guzmán para vengarse de Tito Clemente, cogí la Mobilette Cady de mi padre y puse rumbo hacia el gran aljibe que suministraba a todo el poblado. Desde aquel otero podría divisar perfectamente a mí objetivo germánico. La odisea no fue fácil. El carril no estaba asfaltado y el terrizo hizo que se obturase la bujía con una china por lo que tuve que parar. Subsanado esto, adelanté unos metros pero, por culpa de la pronunciada cuesta, el motor no dio más de sí, por lo que media subida la hice a patita arrastrando la moto. Una vez arriba, la escondí detrás de una caseta y esperé sentado en un pedrusco. Mejor vista del chalé de Romualdo era imposible. La sombra de la montaña acechaba ya el jardín de atrás. Montada la guardia, saqué el paquete de Fortuna y dos cigarrillos bastaron para que alguien se manifestara allí abajo. A las 16.43, según mi Casio negro, salió por la puerta de atrás un hombre, de unos cuarenta años con una toalla anudada a la cintura. El inquilino germano era bien parecido por lo que desde arriba podía intuir. Sin dilación, se deshizo de la toalla arrojándola al césped y, exento de marcas ni telas en su blanco y fibroso cuerpo, bordeó de puntillas la piscina habiforme. Paró un segundo para tocar con un pie el agua y se subió al trampolín. Ya en el filo de la tabla, se dio un tirón del prepucio revelándome así el esplendor de su miembro. Dubitativo, comenzó a dar pequeños saltos cada vez mayores hasta alzar los brazos y lanzarse de cabeza. Ni qué decir que el salto fue limpio y magistral, como ruidoso y excitante fue mi aplauso desde allá arriba, donde Dios dio la última voz.
Cuando caían la noches, un fascinante acontecimiento se producía en el campestre lugar. Las vecinas de la zona, tras cenar y dejar a sus maridos viendo la tele pelotazo en mano, bajaban con sus sillas e improvisaban una tertulia en la puerta de Mercedes La Tendera, algo así como un “Sálvame“ doméstico a la fresca, pero mucho más jugoso y sin mariquita mala por moderador. Yo, por aquel entonces un acneico Arguifonte, bajaba también con mi silleta de la playa y me colocaba entre mi madre y mi hermana para asistir embobado a semejante despliegue de cotilleos… La intimidad del vecindario no asistente quedaba al descubierto... que si Pilar, la niña de Alfonso "El Gasofa", se había echado un novio que trabajaba en El Corte Inglés y que seguro que la colocaba a ella; que si Paco "El Follaviejas" se había quedado otra vez parado; o cómo a Mariloli, la niña de Encarna, la que vende huevos casa por casa, la había pillado su marido en plena faena con Pepillo El Mecánico “desatascándole el motor“. Se meaban todas de risa al imaginársela, gordoncha ella, corriendo como las locas por el carril cuesta abajo... Las veladas estivales, amenizadas con cortes de vainilla y chocolate, pipas o un vasito de agua, dependiendo de la generosidad de Mercedes, acababan siempre a eso de las dos y era curioso cómo los altibajos del sonido de las charlas dependían de la jugosidad del cotilleo o la cercanía del vecino mentado. Uno de los chismes, que para casi todas pasó inadvertido, me llamó poderosamente la atención. Mientras las vecinas se tronchaban con lo de La Mariloli, pude oír cómo Rosa y Amaranta, las mozuelas del corrillo, cuchicheaban entre risillas nerviosas, algo acerca del alemán que había alquilado la casa de Romualdo...
Al día siguiente, tras cumplir mi jornada de trabajos forzados, decidí averiguarlo, motu propio. A la hora de la telenovela, mientras mi madre y mi hermana comprobaban in situ cómo Gabriela Suárez, La Dama de Rosa, se convertía en Emperatriz Guzmán para vengarse de Tito Clemente, cogí la Mobilette Cady de mi padre y puse rumbo hacia el gran aljibe que suministraba a todo el poblado. Desde aquel otero podría divisar perfectamente a mí objetivo germánico. La odisea no fue fácil. El carril no estaba asfaltado y el terrizo hizo que se obturase la bujía con una china por lo que tuve que parar. Subsanado esto, adelanté unos metros pero, por culpa de la pronunciada cuesta, el motor no dio más de sí, por lo que media subida la hice a patita arrastrando la moto. Una vez arriba, la escondí detrás de una caseta y esperé sentado en un pedrusco. Mejor vista del chalé de Romualdo era imposible. La sombra de la montaña acechaba ya el jardín de atrás. Montada la guardia, saqué el paquete de Fortuna y dos cigarrillos bastaron para que alguien se manifestara allí abajo. A las 16.43, según mi Casio negro, salió por la puerta de atrás un hombre, de unos cuarenta años con una toalla anudada a la cintura. El inquilino germano era bien parecido por lo que desde arriba podía intuir. Sin dilación, se deshizo de la toalla arrojándola al césped y, exento de marcas ni telas en su blanco y fibroso cuerpo, bordeó de puntillas la piscina habiforme. Paró un segundo para tocar con un pie el agua y se subió al trampolín. Ya en el filo de la tabla, se dio un tirón del prepucio revelándome así el esplendor de su miembro. Dubitativo, comenzó a dar pequeños saltos cada vez mayores hasta alzar los brazos y lanzarse de cabeza. Ni qué decir que el salto fue limpio y magistral, como ruidoso y excitante fue mi aplauso desde allá arriba, donde Dios dio la última voz.
viernes, 29 de enero de 2010
viernes, 22 de enero de 2010
Pequeño Joe
Paquete de la portada del “Sticky Fingers” de los Rolling Stones y torso del primero de The Smiths. El pequeño Joe que caminaba por el lado salvaje, según Lou Reed y protagonista de la trilogía “Trash”, “Flesh” y “Heat” del tándem Warhol/Morrisey. De macarra adolescente a chapero y actor porno evolucionó para convertirse en mito del cine underground. Joe Dallesandro, icono sexual de los 60´s y 70´s ( y mío de los 90´s), se ha ganado un más que merecido sitio en este particular Olimpo de Doce hombres, doce causas por las que, entre otras cosas y parafraseando a Gloria Gaynor, I am what I am...jueves, 14 de enero de 2010
jueves, 7 de enero de 2010
La habitación precintada
Exasperante. Sí. Así podría denominar aquel miércoles en la central de alarmas. Con sólo nueve horas por delante para irme de vacaciones, el panorama que se avecinaba no era muy alentador: dos robos y un atraco real, tres cortes de teléfono, doce avisos para un servicio técnico que nunca llegaría.... Aquel turno de aquella bochornosa tarde de 2004 lo recordaré como uno de los más largos que haya hecho en los nueve años que llevaba en la empresa. Mi querida Jefa de Sala, además de amargar las jornadas a sus súbditos con gritos en sus orejas, pone especial énfasis en no perder de vista el control de otro mando, el del aire acondicionado. Según ella, el frío le ataca a los huesos, por lo que en las tardes de verano en el zulo, debidamente precintado por motivos de seguridad, deciden reunirse toda clase de fuertes olores vespertinos, que, dependiendo de su grado de intensidad, se intuye a qué departamento pertenecen sus propietarios. Gana siempre por goleada el, por mí denostado, gremio de vigilantes.
-¿Y a dónde vas a ir de vacaciones Arguifonte? Si es que puede saberse, claro...-, se interesó, en un tono chismorreante mi encargada, sosías perfecta de Gollum y ex-compañera de departamento. Encaramada en el escalafón de los lameculos del universo orwelliano de cámaras que es mi empresa, llegó a su actual puesto gracias a regalar horas extras a la compañía, llegando incluso a realizar altruístamente jornadas de catorce y hasta dieciséis horas. Mi Jefa de Sala, al igual que su clon tolkiano, tenía una personalidad bondadosa-maléfica, una especie de Señorita Topisto sumisa y esclava de su superior, dispuesta a heredar la empresa a costa de pisotear a quien sea. "Pues claro que sé adonde me voy zorra, maldita zorra", pensé. La habitación precintada se envasó al vacío. Por un momento desaparecieron todos los olores y un gran signo de interrogación botaba pausadamente sobre su cabeza....Tras varios segundos de silencio y titubeos, y ante la atenta y desafiante mirada de Gollum, no me quedaba otra que desvelar el destino, cancelado en mitad de la palabra, fortuita y afortunadamente, por una nueva llamada requirente del servicio técnico. Seis, siete... "¡Joé que caló!"...
Ocho. Mi jefe y sus secuaces, esto es, vigilantes del turno de día, técnicos, informáticos y administrativos abandonan la sala para desplegar su feticidad sobre el polígono. Nueve y cuarto, solos Gollum y yo. El silencio queda en la sala sólo interrumpido por la intermitente impresión de eventos y alguna que otra llamada descolgada. En aquel habitáculo coexistían un hombre y una mujer que jamás habían tenido una conversación de más de tres frases seguidas en años. Ya habían parado de saltar las alarmas. A esa hora casi todos los comercios y naves habían cerrado por lo que ya no quedaban idiotas que se confundiesen al marcar el código de cierre; ni rezagados que se quedasen charlando en la puerta con la alarma conectada; ni hijos de puta que la hiciesen saltar adrede para ver si estabas pendiente al evento-trampa. Yo picaba billete a las once pero, ¿y ella?. Siempre era un misterio, ni siquiera ella lo sabía. Allí estábamos los dos, enclaustrados en la sala y vigilados por tres cámaras y es que mi jefe lo veía todo desde su casa vía internet. Yo mismo, gracias al reflejo del monitor apagado de mi izquierda,- todavía no teníamos pantallas TFT-, la espío con cierto hastío.
Riingg, Riiiing..... "Buenas noches, le atiende Arguifonte, dígame". Escucho a mi interlocutor sin apartar la mirada de la pantalla negra. Ella se levanta súbitamente de su mesa y se acerca a mí, folio en mano.-"Fírmame esto, por favor"- me dice con una voz melosa y entrecortada cerca de mi oído. Había aprovechado el momento de la llamada para entregarme la ansiada firma del período de vacaciones. Su proximidad y su ahora agradable olor provoca en mí una extraña sensación que recorre toda la habitación hasta anclarse en mis dientes. Le retengo la mirada desde mi posición inferior y me levanto. El teléfono cae al suelo con la vocecita del cliente gritando desde el auricular. Súbdito contra Jefa. El folio tiembla al son de sus manos, piernas, labios.... Arguifonte contra Gollum, frente a frente, cara a cara, besándose, sobándose y mordiéndose como dos bestias. Desprendimiento de uniforme, blusa y bragas. Apagón de ordenadores, receptoras, impresoras y luces. Dos lenguas atrapadas y mi mano hurgando en el fragor de un seguro y apacible lugar.Un movimiento brusco. Penetración...
-Fírmame esto por favor.- me dice en tono chirriante.
-Ya está, aquí tienes.
-Vale, gracias, que te lo pases muy bien y que ligues mucho.- me desea mientras apaga el ordenador y recoge su bolso.
-De eso puedes estar segura.- mascullé.
Suena el despertador a las cinco de la mañana de un julio de 2004 , el año anterior a mi desarmarización. Recojo todo rápido para largarme. El vuelo sale a las 7. Viajo por primera vez solo a Barcelona: la ciudad de las Ramblas, del parque Güell, del Barrio Gótico, de Gaudí; también la ciudad del Exaimple...
-¿Y a dónde vas a ir de vacaciones Arguifonte? Si es que puede saberse, claro...-, se interesó, en un tono chismorreante mi encargada, sosías perfecta de Gollum y ex-compañera de departamento. Encaramada en el escalafón de los lameculos del universo orwelliano de cámaras que es mi empresa, llegó a su actual puesto gracias a regalar horas extras a la compañía, llegando incluso a realizar altruístamente jornadas de catorce y hasta dieciséis horas. Mi Jefa de Sala, al igual que su clon tolkiano, tenía una personalidad bondadosa-maléfica, una especie de Señorita Topisto sumisa y esclava de su superior, dispuesta a heredar la empresa a costa de pisotear a quien sea. "Pues claro que sé adonde me voy zorra, maldita zorra", pensé. La habitación precintada se envasó al vacío. Por un momento desaparecieron todos los olores y un gran signo de interrogación botaba pausadamente sobre su cabeza....Tras varios segundos de silencio y titubeos, y ante la atenta y desafiante mirada de Gollum, no me quedaba otra que desvelar el destino, cancelado en mitad de la palabra, fortuita y afortunadamente, por una nueva llamada requirente del servicio técnico. Seis, siete... "¡Joé que caló!"...
Ocho. Mi jefe y sus secuaces, esto es, vigilantes del turno de día, técnicos, informáticos y administrativos abandonan la sala para desplegar su feticidad sobre el polígono. Nueve y cuarto, solos Gollum y yo. El silencio queda en la sala sólo interrumpido por la intermitente impresión de eventos y alguna que otra llamada descolgada. En aquel habitáculo coexistían un hombre y una mujer que jamás habían tenido una conversación de más de tres frases seguidas en años. Ya habían parado de saltar las alarmas. A esa hora casi todos los comercios y naves habían cerrado por lo que ya no quedaban idiotas que se confundiesen al marcar el código de cierre; ni rezagados que se quedasen charlando en la puerta con la alarma conectada; ni hijos de puta que la hiciesen saltar adrede para ver si estabas pendiente al evento-trampa. Yo picaba billete a las once pero, ¿y ella?. Siempre era un misterio, ni siquiera ella lo sabía. Allí estábamos los dos, enclaustrados en la sala y vigilados por tres cámaras y es que mi jefe lo veía todo desde su casa vía internet. Yo mismo, gracias al reflejo del monitor apagado de mi izquierda,- todavía no teníamos pantallas TFT-, la espío con cierto hastío.
Riingg, Riiiing..... "Buenas noches, le atiende Arguifonte, dígame". Escucho a mi interlocutor sin apartar la mirada de la pantalla negra. Ella se levanta súbitamente de su mesa y se acerca a mí, folio en mano.-"Fírmame esto, por favor"- me dice con una voz melosa y entrecortada cerca de mi oído. Había aprovechado el momento de la llamada para entregarme la ansiada firma del período de vacaciones. Su proximidad y su ahora agradable olor provoca en mí una extraña sensación que recorre toda la habitación hasta anclarse en mis dientes. Le retengo la mirada desde mi posición inferior y me levanto. El teléfono cae al suelo con la vocecita del cliente gritando desde el auricular. Súbdito contra Jefa. El folio tiembla al son de sus manos, piernas, labios.... Arguifonte contra Gollum, frente a frente, cara a cara, besándose, sobándose y mordiéndose como dos bestias. Desprendimiento de uniforme, blusa y bragas. Apagón de ordenadores, receptoras, impresoras y luces. Dos lenguas atrapadas y mi mano hurgando en el fragor de un seguro y apacible lugar.Un movimiento brusco. Penetración...
-Fírmame esto por favor.- me dice en tono chirriante.
-Ya está, aquí tienes.
-Vale, gracias, que te lo pases muy bien y que ligues mucho.- me desea mientras apaga el ordenador y recoge su bolso.
-De eso puedes estar segura.- mascullé.
Suena el despertador a las cinco de la mañana de un julio de 2004 , el año anterior a mi desarmarización. Recojo todo rápido para largarme. El vuelo sale a las 7. Viajo por primera vez solo a Barcelona: la ciudad de las Ramblas, del parque Güell, del Barrio Gótico, de Gaudí; también la ciudad del Exaimple...
domingo, 3 de enero de 2010
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